10 de febrero de 2012

La trágica muerte de Jean Baptiste Roncajolo (Juan Roncajolo)




 El 7 de julio de 1898 Benoit Roncajolo  (Benito, el viejo) recibe en Maracaibo un telegrama  enviado por  su nuera Leontine desde París  que decía:Bourgone naufragée, suis deseperéeLa Bourgogne ha naufragado, estoy desesperada.

Tres días antes, el 4 de julio de 1898  el trasatlántico “La Bourgogne” había naufragado en aguas del atlántico cuando se dirigía a Francia.
El  día 11 de julio de 1898,  el diario la Vanguardia de España reseña la noticia  de la siguiente manera:
LA VANGUARDIA Página 3.—11 Julio 1898.

El naufragio de la "Bourgogne"
Escenas espantosas de salvajismo
600 ahogados
Telegrafiaron nuestros corresponsales algunos
pormenores del espantoso naufragio
el trasatlántico la «Bourgogne», cerca de las
costas de la América del Norte. Pero después
se han sabido muchos otros que dan á este desastre
marítimo, según los relatos que transcribimos,
las proporciones de ser el más horrible
que se ha conocido.
Parece comprobado que tanto el trasatlántico
francés como el gran barco velero de
3.300 toneladas, el «Cromartyshire», que chocó
con él, marchaban á una velocidad de 18
nudos, á pesar de la niebla densísima que impedía
ver á medio kilómetro de distancia.
El «Cromartyshire» dio un espolonazo tremendo
en el costado, hacia la parte de proa,
á la «Bourgogne», abriéndole una vía de agua
cerca de las máquinas. La violencia del choque
fue tal, que los palos del velero se vinieron
abajo y las chimeneas del trasatlántico,
casi arrancadas, se quedaron vacilando de
un lado para otro.
Era muy temprano y casi todos los pasajeros
estaban en sus literas.
Todo el mundo se precipitó hacia cubierta.
La mayoría estaba en camisa. Las mujeres
sólo habían tenido tiempo para cubrirse con
chales ó para ponerse las faldas. En las escaleras
hubo una lucha espantosa. La lucha para
apoderarse de los cinturones de salvamento
fue más tremenda todavía. Los pasajeros,
revueltos con la tripulación, se arremolinaban
sobre cubierta, tomando por asalto las chalupas
y dificultando grandemente las operaciones
de salvamento, sobre todo la separación y
lanzamiento de las balsas, que, como es sabido,
forman parte del piso de la cubierta alta ó
puente.
Además, la «Bourgogne» se echó rápidamente
sobre un costado, y sólo podían utilizarse
las chalupas, botes y balsas de la otra
banda.
De los pasajeros de primera casi ninguno
pudo llegar á cubierta. De todos modos, se sabe
que ninguno se ha salvado. El topetazo
fue precisamente contra la parte del barco
donde tenían sus camarotes, la de proa, que
se hundió en el agua en pocos segundos.
Las escenas de pánico que ocurrieron son
indescriptibles. Las mujeres se arremolinaban
en las escalas y junto á las bordas. Unas enloquecidas
por el terror, reían ó gritaban, agarrándose
frenéticamente á sus maridos. Otras,
perdida del todo la razón, se arrojaban al
mar.
Uno de los tripulantes se volvió loeo y se
lanzó también al mar lanzando carcajadas.
Estaba j^a cargado de gente uno de los botes
cuando cayó sobre él la chimenea del trasatlántico,
destrozándolo y matando y magullando
á las personas que lo ocupaban y lanzándolas
al mar. Sólo nueve lograron salvarse,
refugiándose en una balsa que flotaba
cerca.
Uno de los palos del velero cayó pocos momentos
después sobre otra chalupa y sobre
una balsa llena de gente, causando enorme
destrozo.
En el momento de hundirse el barco estaban
sin arriar todavía al agua dos chalupas
llenas de pasajeros de primera y de mujeres.
Ninguno de los tripulantes se había ocupado
de lanzarlas ai mar, á pesar de los gritos de
desesperación de las personas que las ocupaban.
Las dos chalupas fueron cogidas en el
remolino que formó el trasatlántico al hundirse,
y cuantos había en ellas perecieron.
Los héroes en aquella gran catástrofe fueron
los sacerdotes católicos que había á bordo,
el capitán y los oficiales del barco.
De estos últimos solo se ha salvado el sobrecargo,
que se arrojó al agua al hundirse
el barco, y que siendo robusto nadador pudo
llegar hasta una balsa.
El capitán se le vio hasta última hora sobre
el puente, agarrado con una mano á una
de las cuerdas del aparejo. Era Mr. Deloucle,
teniente de navio de la marina de guerra
francesa. La oficialidad siguió su ejemplo,
permaneciendo en sus puestos hasta morir.
Al hundirse el barco, los tres sacerdotes
católicos que viajaban en el «Bourgogne» daban
la absolución á los que iban á morir. Ninguno
de los sacerdotes se ocupó de salvar su
vida, absortos en el cumplimiento de sus deberes
espirituales.
Algunos de los pasajeros salvados refieren
pormenores horrendos de la lucha por la existencia
que hubo cuando el salvamento.
Un francés, Mr. Liebra, refiere que habiendo
muerto su mujer en América regresaba
con sus -dos hijos á Europa. Consiguió meter
á los dos niños en una chalupa. Pero al querer
entrar él también en ella se lo impidieron
cuchillo en mano. Se hundió en el mar con el
trasatlántico, pero supo mantenerse á flote y
pasó ocho horas en el agua antes de que le recogieran
en el «Greciam», el barco que pasaba
por allí poco después del choque y que
ayudó á los trajos de salvamecto. Mr, Liebra
no ha encontrado, á sus dos hijos y cree que
los tiraron al agua los hombres que ocupaban
la chalupa donde los metió.
Otro pasajero cuenta que á bordo mismo
del trasatlántico los hombres (pasajeros de segunda
y de tercera, y tripulantes), luchaban
rabiosamente por coger sitio en las chalupas.
Rechazaban á viva fuerza á las mujeres y
á los niños, los derribaban al suelo y los pisoteaban
para evitar que trataran de meterse
otra vez en los bptes.
Un grupo de italianos, pasajeros de tercera,
se ocupaban, cuchillo en mano, en echar
atrás á las mujeres y á los niños.
Otro pasajero dice que, habiendo tomado
puesto en una chalupa con su anciana madre,
los hombres que llegaron después los echaron
al agua.
Ya botadas al agua chalupas y balsas, las
escenas de brutalidad fueron no menos atroces.
Se arrojaba á los débiles al mar, para aligerar
la carga y con los remos y con los bicheros
se hería en la cabeza ó se remataba á
los infelices náufragos que trataban de agarrarse
á las embarcaciones para salvarse.
Un francés Damado Gustavo Grimaur, dice
que yió rematar de esta manera á mujeres
que imploraban auxilio.
Un alemán llamado Bruñen, pasajero de
tercera, refiere que después de tirarlo al mar
le hirieron en la cabeza con los remos al querer
agarrarse otra vez al bote. Pasó varias
horas en el agua, hasta que encontró una chalupa
volcada; agarrado á ella había otro hombre,
y entre los dos consiguieron volverla y
salvarse.
Es Mad. Lacasse, esposa del profesor del
mismo apellido. Viajaba en segunda. Su marido,
que se había levantado muy temprano,
la cogió de la cama y la subió al puente, de
donde ambos fueron lanzados al mar por una
nueva sacudida del barco.
Mad. Lacasse se desmayó, pero su marido
logró colocarla sobre una balsa que flotaba
abandonada; él se agarró á la balsa, sin poder
subir á ella, y en esta disposición permaneció
ocho horas, hasta que ambos fueron salvados.
El profesor Lacasse cree, con muchas otras
personas, que después del topetazo del «Cromartyshire
» debió llegar otro barco, que también
chocó cjontra la «Bourgogne», y completó
la catástrofe.

No hay comentarios: